El principiante de póquer se sienta a la mesa y mira con frialdad fingida sus cartas. Sabe que tiene una ventaja: no conoce el juego, los códigos, puede ser el amo del bluff inconsciente; sobre todo es algo irresponsable ante la fatalidad, el hecho de que algún jugador se va a llevar las fichas y existen muy pocas probabilidades de que el afortunado sea él. Vive la ilusión de la invencibilidad muchas veces hasta que la suerte le sonríe… ese primer día: suerte de novato. El emprendedor sale a un mercado del que no siempre conoce las reglas. En su mano tiene la innovación, un proyecto que arrancó como afición y que sueña convertir en su forma de vida (la de quien “no tiene un empleo”, como ironizó alguna vez Ted Turner, inventor de la información en televisión en tiempo real). Le entra al juego, pésele a quien le pese. Compara su producto con la competencia, si acaso existe, –nadie es tan bueno–, reúne un equipo entre amigos y recomendados, saca el dinero de debajo de las piedras, sale a vender, y se ve en poco tiempo como magnate turístico o tecnológico, abriendo el Nasdaq o vendiendo su proyecto a Bill Gates. Hay a quienes esta etapa les dura una mano. Los números no salen, un pedido elevado supera la capacidad de producción, el mercado se cae inesperadamente, la realidad empieza a golpear con la corrupción, los costos de la electricidad, la falta de financiamiento o el competidor gigantesco que no admite sombra y lo aplasta… La mesa se vacía y las fichas se concentran una tras otra en manos ajenas. Perdieron con par de reyes. |