Miguel Ramírez Lombana es un mexicano de 28 años. Tiene tres empresas en marcha y un proyecto de comercio al detalle con un compañero de la Kellogg School of Management, de donde egresó en junio del año pasado. “Te enseñan a tener una visión diferente de las cosas y eso te lleva a tomar riesgos que, de lo contrario, no tomarías”, dice. En sus dos años de maestría en la ciudad de Evanston, Illinois, aprendió a enfrentar las duras exigencias de inversionistas que buscaban proyectos innovadores. “Para mí, el MBA fue un trampolín, pero no para llegar a una multinacional explica sino para afianzar los negocios que tenía y crear otros nuevos; de hecho, las cátedras que más disfruté fueron las de entrepreneurship”. Kellogg, la escuela de negocios de la Northwestern University, encabeza una nueva tendencia académica junto con la Stanford Graduate School of Business y con la Sloan School, del Massachusetts Institute of Technology (MIT). Tiene no más de cinco años de desarrollo y se está afianzando rápidamente en la oferta de las principales escuelas de negocios internacionales. “En un mundo donde la creatividad y la innovación implican un premium, las habilidades para administrar organizaciones tienen menos valor”, menciona Jennifer Merritt, experta neoyorquina en educación gerencial, en una investigación sobre el futuro de los MBA, difundido en agosto pasado. Aprender a administrar modelos de eficiencia, competitividad y productividad fue el mandato de los 90. En su momento, las maestrías en administración respondieron a esa demanda, pero se volvieron insuficientes. El crecimiento en ventas y resultados depende hoy de la creación de mercados y nuevos negocios. Y eso lo tiene bien estudiado Europa. “Las empresas innovadoras crecieron 9%, mientras que las demás sólo 3%”, señala la Tercera Encuesta Comunitaria sobre Innovación, que presentó en mayo del año pasado la Oficina de Estadísticas de la Comisión Europea, tras evaluar a casi 122,000 empresas de 17 países europeos. |