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Embajador del tequila

Juan Beckmann Vidal convirtió a una bebida popular en uno de los productos más glamorosos del mundo.

autor: Tania Lara Ortiz

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Juan Beckmann Vidal recuerda la Tijuana de los años 40, en donde actrices y marineros visitaban por igual ‘la esquina de México”. Ubicada a pocas horas de Hollywood y de San Diego, donde ya funcionaba la base naval más importante del Pacífico, la diversión del lugar estaba en los grandes casinos, el hipódromo, la plaza de toros y en las miles de prostitutas del lugar.

Su familia llegó a Tijuana en 1946, cuando él tenía sólo seis años. Llegaron a trabajar. Era el mandato del abuelo Beckmann, ex embajador alemán en México, y de su esposa, Virginia Gallardo, única heredera del tequila José Cuervo.

Recién llegado se incorporó al negocio familiar. Cada viernes, al salir de la escuela, él y su hermano Francisco iban al hotel Sierra a preparar ‘margaritas’ por galones. Ganaban hasta 6 dólares el fin de semana. La buena temporada llegaba con el verano, cuando vendía artesanías y sombreros a los estadounidenses en la plaza de toros local; entonces ganaba hasta 40 dólares diarios.

Así transcurrieron sus vacaciones mientras estudió contaduría en el Tecnológico de Monterrey. En esta ciudad también conoció a su esposa Dora María Legorreta, durante un paseo por la plaza La Purísima. Y también en aquella ciudad nació su primogénito Juan Domingo, actual director de Casa Cuervo. “Soy norteño, totalmente”, dice el presidente de Cuervo. Aunque nació en la Ciudad de México, repartió 17 años de su vida entre Tijuana y Monterrey.

Al terminar la carrera se trasladó a Tequila, Jalisco. Ahí administró uno de los ranchos de la familia. A 50 kilómetros de Guadalajara, el pueblo de 10,000 habitantes no tenía ni televisión. Beckmann recorría a caballo las hileras de agave. Luego, regresaba a su casa a comer y a hacer los registros de los libros contables.

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