Jorge Vergara rehuía la membresía a asociaciones o cámaras empresariales, un desafío a los convencionalismos tan suyo como no llevar corbatas y no usar calcetines. En 2003 pagó 120 mdd por el privilegio de convertirse en el ‘omnidueño’ de las Chivas de Guadalajara y por fin ingresó a un gremio, quizá de los más oscuros y a la vez opulentos: el Consejo de Dueños de la Federación Mexicana de Futbol (Femexfut). Desde entonces, Vergara ha cambiado algunas cosas en el balompié mexicano. Con muchísimo más protagonismo que otros propietarios de club, el dueño de la empresa de complementos alimenticios y ventas multinivel, Grupo Omnilife, se dio algunos lujos: respondió a las críticas a su equipo con desplegados en diarios nacionales; impuso parlamentos en los que se insulta al América (archirrival de Chivas) a los guionistas de la película Y tu mamá también (que él produjo); apostó con el presidente de los Pumas que usaría calcetines durante un año si el Guadalajara no ganaba (y perdió); despreció 10 millones de dólares al eliminar la publicidad de la camiseta de su escuadra; decretó la venta de ChivaCola en el estadio Jalisco y fue al Foro Económico Mundial de Davos a hablar sobre felicidad y deporte. El único lujo que no se permite Vergara es que su equipo pierda dinero. Ahora, asegura, Chivas vale entre 250 y 300 millones de dólares. “Ya está en números negros y hemos recuperado 70% de la inversión”, dice. |